De un espacio inútil
De un espacio inútil
Georges Perec
En varias ocasiones he tratado de imaginarme un departamento donde hubiera una pieza inútil, absoluta y deliberadamente inútil. No se trata de un trastero o una habitación suplementaria, ni un pasillo, ni un cuchitril ni un recoveco. Habría sido un espacio sin función. No habría servido para nada, no habría remitido a nada.
A pesar de mis intentos me fue imposible llevar a cabo este pensamiento, esta imagen, hasta el final. El mismo lenguaje, me parece, se reveló incapaz para escribir esa nada, ese vacío, como si sólo se pudiera hablar de lo que es pleno, útil y funcional.
Un espacio sin función. No <
A veces llego a no pensar en nada, y ni siquiera como el Amigo Pierrot a la muerte de Louis XVI: de repente me doy cuenta de que estoy aquí, que el metro acaba de pararse y que tras abandonar Dugommier unos noventa segundos antes, aunque parezca imposible, ahora estoy en Daumesnil. Pero, en este caso, no he llegado a pensar en nada. ¿Cómo pensar la nada? ¿Cómo pensar la nada sin poner automáticamente algo alrededor de esa nada, lo cual produce un agujero, en el que rápidamente se va a poner algo, una práctica, una función, un destino, una mirada, una necesidad, una ausencia, un excedente...?
Trate de seguir con docilidad esta idea tan difusa. Y encontré muchos espacios inutilizables, y muchos espacios inutilizados. Pero no quería nada inutilizable, ni tampoco nada inutilizado, sino algo que fuera inútil. ¿Cómo prescindir de las funciones, los ritmos, las costumbres, cómo prescindir de la necesidad? Me imaginé que vivía en un apartamento inmenso, tan inmenso que nunca conseguía acordarme de cuántas piezas tenía (lo supe tiempo atrás, pero lo había olvidado y sabía que era demasiado viejo para volver a empezar un recuento tan complicado): todas las piezas servirían para algo, menos una. La cosa era encontrar esa última. En una palabra, no era más difícil que encontrar, en el caso de los lectores de La Biblioteca de Babel, el libro que tenía la clave de los demás. Efectivamente era algo muy próximo al vértigo borgesiano el hecho de querer representarse una sala reservada para la audición de la Sinfonía n° 48 en do, llamada MariaTheresa, de Joseph Haydn, otra dedicada a la lectura del barómetro de la limpieza de mi dedo gordo del pie derecho...
Pensé en el viejo príncipe Bolkonki que, cuando le inquieta la suerte de su hijo, busca en vano durante toda la noche de habitación en habitación, con una antorcha en la mano y seguido de su servidor Tikhone con unas mantas de piel, la cama donde al fin cogerá el sueño. Pensé en una novela de ciencia-ficción donde el hábitat había desaparecido; pensé en otro relato de Borges (El Inmortal) en el que unos hombres que habían perdido la necesidad de vivir y morir construyen palacios en ruina y escaleras inutilizables; pensé en grabados de Escher y cuadros de Magritte; pensé en una gigantesca caja de Skinner: una habitación enteramente negra, un único botón en una de las paredes; al apretar el botón aparece por un breve instante algo así como una cruz e Malta gris sobre fondo blanco...; pensé en las grandes pirámides y en el interior de la iglesia de Saenredam; pensé en algo japonés; pensé en el vago recuerdo que tenía de un texto de Heissenbüttel en que el narrador descubre una pieza sin puertas ni ventanas; pensé en sueños que había tenido sobre el mismo tema, cuando descubría en mi propio apartamento una pieza que no conocía...
Jamás llegué a algo realmente satisfactorio. Pero creo que no perdí completamente el tiempo al tratar de franquear ese límite improbable: tengo la impresión de que a través de este esfuerzo se transparenta a lo que podría tener estatuto de habitable...
PEREC, Georges.
Especies de Espacios.
Ed. Montesinos. Barcelona, 2003



